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16 juin 2011 4 16 /06 /juin /2011 21:04

source : http://www.lanacion.com.ar/

 

Por Guillermo M. Yeatts
La Nación
Domingo 21 de noviembre de 2004

 

La mayor influencia de la Revolución Francesa en América latina por sobre los valores de la Revolución Americana explica nuestra tendencia a supeditar los derechos individuales al interés de la mayoría.

 

EE.UU. y Francia: historia de dos revoluciones

La Revolución Francesa dio origen a una era de "terror".

 

Desde su independencia, la mayor parte de los países latinoamericanos adoptó constituciones republicanas, representativas y federales basadas en la Carta Magna de los Estados Unidos. A pesar de esta adhesión formal a los principios de la revolución norteamericana, cuyo fin primigenio era la protección de los derechos individuales y la limitación de la capacidad del Estado de avasallarlos, la realidad ulterior demostró en las democracias latinoamericanas el predominio de los valores de la Revolución francesa de 1789, donde la voluntad de la mayoría era la ley suprema.

Aunque en la superficie aparentan ser paralelas, las diferencias entre estas dos revoluciones son profundas y así lo interpreta Robert Peterson en su artículo "A Tale of Two Revolutions" (The Freeman: Ideas on Liberty. Irvington-on-Hudson, New York, 1989). Paterson afirma que la revolución sin sangre de los Estados Unidos tiene mucho más en común con la Revolución Gloriosa de 1688 que originó la monarquía parlamentaria en Gran Bretaña que con la francesa, que es considerada como antecesora de muchas de las revoluciones violentas que han terminado en totalitarismos y dictaduras.

En 1789 la Revolución Francesa se inició para terminar con el gobierno arbitrario de los reyes pero trajo aparejado el "reino del terror" y la ejecución de alrededor de 40.000 personas. En los años siguientes hubo una impresionante inflación, guerra, caos, estableciéndose finalmente con Napoleón el primer estado policial. Tras la revolución, el gobierno se tornó altamente concentrado y el gobierno del rey fue reemplazado por el de la Asamblea Nacional.

A diferencia de lo sucedido en Francia, donde los disidentes religiosos fueron asesinados, en los Estados Unidos la libertad religiosa constituyó uno de los cimientos centrales. Asimismo, Peterson afirma que la Revolución Americana fue esencialmente un movimiento conservador, que luchó para mantener las libertades que se habían logrado desde 1620 durante el período de "salutary neglect". De hecho, Samuel Eliot Morison considera que en la revolución norteamericana no se peleó para obtener libertad sino para preservar las libertades que los norteamericanos tenían como colonias. La independencia no era un fin en sí mismo sino un medio para preservar el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

La Constitución de los Estados Unidos fue el reflejo de una tradición ajena a la realidad latinoamericana. Su objetivo central era establecer límites a las arbitrariedades del Estado frente a los derechos inalienables de los ciudadanos, en clara consonancia con el pensamiento de John Locke y de otros empiristas como David Hume y Adam Ferguson. En la concepción de Locke, el gobierno nace con el fin de proteger derechos preexistentes y contradice su objetivo esencial si abusa de ellos; existe con el fin de terminar con la aplicación privada y subjetiva de justicia reemplazándola por un acuerdo con reglas independientes que otorgue más certidumbre al respeto de los derechos individuales. De esta forma, el "contrato social" que origina al gobierno tiene por fin reasegurar el cumplimiento de los derechos naturales -vida, libertad, propiedad- de los individuos. Locke define el poder otorgado por los ciudadanos al gobierno como un poder confiado limitadamente y con vistas a un único fin.

Rousseau y la voluntad

Y así como Locke representó el espíritu de la Revolución Gloriosa y de la americana, podemos decir que el suizo Jean-Jacques Rousseau corporizó los valores de la Revolución Francesa de 1789, en especial a partir de su concepción de la "voluntad general", la que se manifiesta a través de la voz de la mayoría. El politólogo Marcel Prelot interpreta esta concepción señalando que, cuando la mayoría se ha pronunciado, la minoría debe inclinarse y aceptar que la verdad se encuentra en la voluntad determinada por aquélla. También Kant coincide con Rousseau en que los derechos no anteceden sino que derivan de la constitución del Estado.

Afirma Armando Ribas que el principio fundamental de organización de la sociedad de los Estados Unidos -la protección de los derechos individuales- es ignorado o, aún peor, despreciado mayoritariamente allí donde la "razón de Estado" prevalece como criterio rector: tanto en Europa continental como en América latina, heredera de esa tradición.

Incluso la reciente Constitución de la Unión Europea (UE), en comparación con la norteamericana, refleja esta profunda diferencia. De este modo, mientras la Carta de Derechos estadounidense es una lista de derechos individuales contra el Estado, el Capítulo de Derechos Fundamentales de la UE incluye una larga lista de derechos a servicios provistos por el Estado. Tales derechos, por ejemplo, incluyen educación, un permiso de maternidad paga, beneficios de seguridad social y servicios sociales, asistencia para la compra de vivienda, cuidados sanitarios preventivos, servicios de interés económico general, y altos niveles de protección ambiental y al consumidor.

El pensamiento de John Locke refleja cabalmente el espíritu de la democracia limitada en la que la única función del gobierno es la protección de los derechos individuales. Este legado institucional e histórico ha sido ajeno al de los países latinoamericanos en el tiempo de su independencia.

El absolutismo de la corona fue reemplazado por el poder de caudillos omnipotentes con prácticas cuasi feudales en sus territorios que permitieron la continuidad de la vieja cultura política. Con el establecimiento de gobiernos democráticos, la elección mayoritaria fue causa suficiente para legitimar políticas abiertamente contradictorias de los principios constitucionales.

A pesar del intento de injertar, a través de normas formales, el andamiaje institucional británico heredado por los Estados Unidos, los hábitos y costumbres hispánicos prevalecieron por debajo de las nuevas apariencias.

Tal como se aprecia en la historia de Europa y América latina, el predominio de los intereses de la mayoría sobre los derechos individuales permitió crear sistemas totalitarios en el viejo continente y autoritarios -bajo formas no democráticas o democráticas- en América latina. De esta forma nos encontramos ante dos democracias: la de los derechos individuales anteriores y superiores a la existencia del gobierno y aquélla en que los derechos existen como consecuencia del "contrato social" y se subordinan a la voluntad general.

Sin duda, la progresiva democratización de América latina experimentada a partir de la década del 80 se ha cimentado sólo en la existencia de elecciones libres en las que los gobernantes son designados por la regla de la mayoría, lo cual se asienta mucho más en los valores de la Revolución Francesa que en el espíritu de la Revolución Americana, mucho más en la voluntad general de Jean-Jacques Rousseau que en el gobierno limitado ideado por Locke.

 

El autor es presidente de la Fundación Atlas 1853 y ha publicado Raíces de pobreza y Las perversas reglas de juego en América Latina.

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28 mai 2011 6 28 /05 /mai /2011 09:31

source : http://www.batakovic.com/

 

Photo: Dusan T. Batakovic

Dusan

T. Batakovic

University of Belgrade

Serbia and Montenegro

 

The first Balkan revolution at the beginning of the era of nationalism occurred in Serbia. In this northern province of the Ottoman Empire, bordering Habsburg Empire on Danube and Sava rivers, central authority was the weakest and foreign influence stronger than anywhere else in the Ottoman provinces in Europe. Frequent wars, forced migration and resettlement campaigns on the shifting borderland between the Habsburg and the Ottoman Empire made ties among the Orthodox Serbs more intensive, in spite of the varied social and political statuses they enjoyed under different imperial realms.[1]

 

Although the Serbian uprising was initially a peasant rebellion against local janissaries, its national character can be gradually identified from 1805 onwards. The insurgents used the medieval coat of arms of the Nemanjićs, while the Praviteljtvujušči sovjet in 1805 held its sessions in Smederevo - ‘the capital of our despots and emperors’ – and rallied under the image of Emperor Stefan Dušan (1331-1355). The official letters and acts send by the leader of the Serbian revolution, Karageorge to local insurgent commanders and his proclamations and correspondence with representatives of the Great Powers were usually signed ‘in the name of the whole Serbian nation’.[2]

 

Serbian insurgents were encouraged by a series of victories against regular Ottoman troops (at Ivankovac in 1805; at Mišar and at Deligrad in 1806), but also by the capture of Belgrade, the most important fortress in the region (January 1807). In a petition sent to the Russian Emperor in 1806, they claimed that if Russia decided to send its troops to the Balkans, then ‘all Serbs from Serbia, Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Dalmatia and Albania would joyfully unite and would, within a brief space of time create a new army of 200,000-strong troops.’[3]

 

These political claims, nevertheless, were based on continuous cooperation with similar anti-Ottoman revolts organized among Serbian clans both in Herzegovina and Montenegro. Since the very beginning, the insurgents coordinated their military actions with the ruler of Montenegro, Prince-Bishop Petar I Petrović-Njegoš, who considered his subjects as ‘a part of a Serb nation’.[4] After the Montenegrin troops defeated the Ottoman army in 1796 (the battles in Krusi and Martinići), their semi-independent status was additionally strengthened, paving the way for a more significant role in future anti-Ottoman movements.

 

In spite of the fact that tiny Montenegro, mostly due to the interference of the Russian emissaries, remained inactive in the early stage of insurrection in Serbia, a series of local rebellions spread to the districts of the Sanjak of Novi Bazar, a small territory that separated the Belgrade pashalik from the Montenegrin mountains; the neighboring Serbian clans of Herzegovina (the Drobnjaci, Nikšići, Bjelopavlići and Moračani), also rose to arms, while other Montenegrin clans (the Kuči and Piperi), while Albanian highlanders (the Klimenti or Kelmendi tribe) rebelled in order to achieve more autonomy from central government. In Kosovo, ruled with the iron hand of local Albanian pashas, unrest was recorded among the Serbs, some of whom eventually managed to join the units of Karageorge.[5]

 

As early as 1804, the Drobnjaci clan of Herzegovina clan launched attacks against Ottoman-held Podgorica; in 1805, they instigated a year-long rebellion against local Ottoman authorities that was pacified only after the Ottomans took hostages from their families.[6] In a proclamation sent to the rebelled Serbian clans of Herzegovina in 1806, Karageorge invited them to join forces against the Ottomans ‘for our holy churches and monasteries, for the freedom of our fatherland’, while in a letter to Montenegrin Prince-Bishop Petar I Petrović-Njegoš in 1806, he invited Montenegrins to build a common Serbian state, based on the same Orthodox faith and common Serbian blood, and to ‘become one body, one heart, one soul and dear citizens.’[7]

 

In response, the Montenegrin troops waged several military campaigns against neighboring Ottoman fortresses in Herzegovina. Nevertheless, the planned unification of Montenegrins with the Serbian forces during the breakthrough of Karageorge in the sanjak of Novi Bazar did not take place in 1809 due to the sudden Ottoman offensive in the southern front and the withdrawal of Serbian troops.

 

Even though they were a mixture of modern national and romantic historic rights, the political claims of Serbian insurgents were dominated by the demand of restoring the medieval Serbian state, gradually lost after the Battle of Kosovo of 1389. Jovan Rajić, the main representative of Serbian monastic historicism, cherished the Empire of Emperor Stefan Dušan, as the his state model, although its center was far more southward (in Kosovo and Skoplje area). Jovan Rajić’s four-volume History of Different Slavic Nations, Especially Bulgars, Croats and Serbs, published in Vienna in 1794-1795, became a pillar of Serbian national ideology in early nineteenth century. As an Ottoman official, captive in a Serbian prison during 1806, related, the insurgents‘ aims were the following: ‘as once King [Prince] Lazar went to Kosovo [in 1389 to confront Ottomans] they will all again come to Kosovo. They are holding all the time the books on history [History by Jovan Rajić] on abovementioned King [Prince Lazar], and he is a great instigator of rebellion in their minds’.[8]

 

The absence of the strong intellectual leadership among the peasant rebels, whose main ideologist was the priest Matija Nenadović, who relied on Serbian medieval traditions, was compensated by political support coming from the enlightened Serbian elite from the neighboring provinces of Habsburg Empire. Since the Temesvar Diet in 1790, they had considered themselves destined to provide political and intellectual leadership for the whole Serb national movement offering natural rights as a model for the struggle for independent Serbia. In parallel, throughout Serb-inhabited lands within Habsburg Empire, in particular in southern Hungary (today’s Vojvodina) enthusiasm for the insurrection was running among both urban and rural Serbs so high that it provoked serious concern for local Austrian authorities. Secret relations were established between the insurgents and prospering Serbian merchants and church dignitaries in neighboring provinces of Habsburg Empire while purchases of weapons and ammunition was negotiated. As stressed by local Habsburg officials, the Serbs of Southern Hungary bordering Serbia had not only welcomed the insurrection but started to link their own future to a possible restoration of a Serbia as a sovereign state.[9]

 

The 'Serbian Voltaire', as thez called Dositej Obradović, wrote a solemn ode that, in time, became the war anthem of the insurgents: “Rise Serbia / our dear mother / to be again what you’ve once been / Serbian children are weeping for you /they are courageously fighting for you now”.[10] In the same poem, Obradović also stresses that Serbian insurrection revived hopes for the liberation of Bosnia, Herzegovina, Montenegro and other neighboring lands, seas and islands.

 

While referring to the restoration of the medieval Serbian Empire of Stefan Dušan Serbian intellectuals were, also drafting fresh territorial claims, based on ideas of modern national identity that involved common language and shared cultural, religious and historical traditions. Nevertheless, D. Obradović, the first considered language as the key factor in defining the modern national identity, one that transcended religious affiliation. As Obradović stressed: ‘the part of the world in which the Serbian language is employed is no smaller than the French or the English territory, if we disregard very small differences that occur in the pronunciation – and similar differences are found in all other languages. [...] When I write of peoples who live in these kingdoms and provinces, I mean the members both of the Greek and of the Latin Church and do not exclude even the Turks [Bosnian Muslims] of Bosnia and Herzegovina, inasmuch as religion and faith can be changed, but race and language can never be.’[11]

Following these assumptions and in order to define the potential national claims of Serbs, Count Sava Tekelija, a rich Serb notable from Hungary, published 2,000 copies of the ‘Geographic Map of Serbia, Bosnia, Dubrovnik, Montenegro and Bordering Regions’ in Vienna (1805). The first 500 copies were sent to the insurgent leadership in Serbia. Although Russia was traditionally considered the main Serbian ally, some influential Habsburg Serbs like Count Sava Tekelija, were also addressing the French and Austrian rulers to support the restoration of Serbian state that would be a pole of a larger political entity. In a memorandum sent to the then newly-crowned Emperor Napoleon I in June 1804, Sava Tekelija proposed the creation of a vast Illyran Kingdom, i. e. a large South Slav state that would, under the auspices of France, encompass the most of the Serb and Slav-inhabited Balkan regions. A year later, Tekelija sent a similar, slightly revised project to the Habsburg Emperor Francis I. [12]

 

The Illyrian Kingdom, consisting mostly of Serbs, as the largest Slav nation in the Balkans, would be, according to Tekelija, a major contribution to the long-term stability of the region. Stretching from the Adriatic to the Black Sea, this kingdom would be a solid barrier against both Russia and Austria. Europe should, therefore, guarantee ‘the distinguished position and successful continuity’ of a nation that could provide this kind of stability: ‘Right now’, Tekelija would mention in his memorandum to Napoleon I, ‘such a nation is rising its head and rejecting the yoke never to accept it again for any other domestic or foreign influence. It is a Serbian nation, or Serbians, if we take into account only those who live in Serbia […] When they, supported by Europe, unite into a large Illyrian kingdom that would join together Bosnia, Bulgaria, Dalmatia, Croatia, Slovenia, Montenegro, Macedonia, Albania, Dubrovnik and Serb-inhabited areas of Hungary with Serbia, this kingdom will be a powerful barrier against those powers, namely Austria and Russia, that would try to establish their domination in the Balkans. However, in a similar memorandum submitted to Emperor Franz I in 1805, Count Tekelija mentioned only Russia as a potential threat to the Balkans.[13]

 

Although highly unrealistic, these political aspirations were not only artificial projects with strong historic references. They were soon justified by political upheaval among Serbs in both Ottoman and Habsburg Empire. According to French reports, songs about Karageorge as héros libérateur were sung as early as 1805 in Dalmatia, where the very notion of freedom was linked to his name. The Serbian uprising strongly echoed throughout the Balkans, reaching far beyond the borders of the pashalik of Belgrade. Important turmoil was noticed in the Habsburg Empire - among the Serbs in the Srem and Banat regions of southern Hungary (today’s Vojvodina) and the Serb soldiers from the Military Border (Vojna Krajina, Vojna Granica) surrounding the European possessions of the Ottoman Empire like a belt stretching along the Sava River, around Bosnia and Dalmatia.

 

The Austrian authorities registered that many Serbs from the Habsburg areas of Southern Hungary - from peasants and army officers, to priests, teachers and lawyers - were massively crossing into Serbia to join the insurgents. The leadership of the uprising got not only capable and highly motivated volunteers from their ranks, but also their first diplomats, ministers and school professors. The first Minister of Education of insurgent Serbia was Dositej Obradović, a central figure of the Serbian Enlightenment. With a tacit consent of the local authorities during the initial phase of the insurrection, Serbian traders from the southernmost region of the Habsburg Empire bordering Serbia (Srem, Banat, Bačka) supplied the insurgents with weapons and ammunition. Metropolitan Stevan Stratimirović, a spiritual leader of Serbs in Habsburg Monarchy was the main coordinator of all these efforts aimed to support financially and supply militarily the troops of Karageorge, the supreme leader (vrhovni vožd) of the Serbian revolution. After the first victories of the insurgents, a considerable number of experienced Serbian officers and soldiers arrived in Serbia as volunteers from the predominantly Serbian-inhabited regions of the Austrian Military Border (Slavonia-Srem military district).

 

In April 1807, the Habsburg military commander of Zagreb was highly concerned with the fact that Orthodox Christians (i.e. Serbs) were spreading the about great victories achieved by Karageorge and his army news all over the Military Border and reported that the whole population was attracted by the advantages of freedom won by the insurgents in Serbia.[14] The growing number of volunteers from the Military Border in the Serbian troops rose to 515 men in 1807, including 188 coming from regular Habsburg regiments. As reported by Austrian officials concerned with the growing support of the Serbs of the Military Border for Karageorge, many others came to Serbia, even from Dalmatia.[15]

 

The direct consequences of the Serbian uprising were two short-lived agrarian rebellions of Serbs in what is today Vojvodina (1807 in Srem and 1808 in Banat), both striving for national and social liberation. Prior to the uprising, Serbs in Srem sent a memorandum to the Russian Emperor, stressing that, together with their compatriots in Banat ,they had planned to liberate themselves ‘from the German [Habsburg] yoke’. In their headquarters, there was a map of Count Sava Tekelija, comprising the lands that should be liberated and united with Serbia.

 

The Serbian uprising also had a strong impact on Orthodox Serbs in Bosnia-Herzegovina, where the number of Orthodox Serbs was probably even higher than in rebelled Serbia itself, according to some statistics.[16] Already in 1803, secret talks were conducted in Sarajevo on a possible joint uprising of the Serbs in Bosnia, Herzegovina and Serbia. In the summer of 1804, songs were sung in Bosnia about the heroic deeds of Karageorge, while numerous volunteers constantly kept crossing into Serbia. The resounding victory of 12,000 Serbians against the powerful 20,000 men strong army of Bosnian beys at the Battle of Mišar in 1806, inspired hopes among Serbian peasants in Bosnia that the Ottoman rule might be replaced by that of Karageorge’s Serbia. A Serbian Orthodox priest from Prijedor in 1806 wrote the following: “I was patiently bearing the Turkish yoke, as all other Orthodox Christians, hoping that Karageorge will liberate us and put us under his protection.”[17] The Serbian insurrection was, as noted by a French traveler, the main reason for a resolute and more effective defense of Serbian peasants from Muslim violence.[18]

 

Two minor Serbian rebellions broke out in Bosnia, both crushed by the Bosnian Muslim forces and the regular Ottoman army. The first rebellion broke out in 1807, in eastern Bosnia, along the Drina River bordering Serbia, after the Serbian insurgents crossed into Eastern Bosnia, while the second, one of a larger scope, took place in the north-western region of Bosnian Krajina in 1809.[19]

 

Deprived of external military support after the Treaty of Presburg, Serbian leaders decided at their Assembly in Smederevo, to invite not only Serbs, but other Balkan Christians as well to join them in a struggle against the Ottomans. Important turmoil occurred in different regions of Slavic Macedonia, while in Bulgaria, particularly in the regions of Vidin and Belogradčik, bordering Serbia on Danube, Serbian proposals stimulated movements and occasional revolts of passive agrarian masses. In 1805, the Greek armatol leader Nikotsaras prepared his units to support Karageorge, crossing almost the whole of the Balkans from Mount Olympus in mainland Greece to the Danube, while in Salonica, as early as 1806, the French consul reported to Paris that, due to the Serbian revolution, many Slav peasants and Greek merchants were arrested upon suspicions of supporting the Serbian insurgents. [20]

 

At the same time, during 1806, the Serbian supreme leader armed 5,000 Bulgarians, willing to join forces against Ottomans. In 1807, out of 4,000 Bulgarians that crossed into Serbia, 800 immediately joined the Serbian troops. The insurgents' units also included a certain number of Greeks, Bulgarians, Wallachians and Tzintzars (Hellenized Vlachs), who mostly fought in the ranks of the Russian army during the Russo-Ottoman War. Bulgarian envoys from Romania requested, on several occasions, Serbian assistance for their plans to against the Ottomans, while the Serbian example inspired the forthcoming Greek insurgency in many ways. The first historian of Serbian revolution was a Greek author, Triandaphylos Doukas, who published his History of Slavo-Serbs in Budapest, in 1807.

 

Disappointed by Austrian hesitation and Russian attempts to fully control Serbian insurrection to their own ends, Karageorge’s highest hopes turned to a possible alliance with France. After entering Dalmatia and getting established in Illyrian provinces that stretched from Ljubljana to Dubrovnik, the French were considering Bosnia the key Ottoman province for transportation of their goods towards Asia Minor during the continental blockade, while Serbia, seen under Russian influence, was considered a possible threat to global French interests. However, it was in 1809, after Serbian insurgents experienced heavy defeats on several fronts, Karageorge offered Emperor Napoleon to enter Šabac (a Serbian town on the border with Bosnia) with his troops and help them negotiate with the Sublime Porte.

 

In 1810, through Captain Rade Vučinić from Karlovac (Karlstadt) in the Military Border, special envoy in Paris, Karageorge proposed to Napoleon the unification of Serbia with Bosnia, Herzegovina, the Illyrian provinces stretching from Ljubljana to Dubrovnik (including Dalmatia with Dubrovnik, parts Croatia and Slovenia) and the Serbian-inhabited lands under Habsburg rule (Banat, Srem, Slavonia), and if possible, also with the kindred Bulgarians, into a large state under the French protectorate. Napoleon could not accept this offer that would endanger the unity of allied Ottoman Empire, but suggested to French consul in Bucharest to cooperate with the Serbs. This proposal, although with no viable result, clearly showed that French support for Karageorge was probably the only way out of his confinement to Russian and Austrian influence. It is, however, probable that Napoleon reorganized French possessions in Dalmatia, Krajina and Slovenia into Illyrian provinces (1809-1814) in order to counterpart the Serbian insurrection, which was seen in Paris as the instrument of Russian influence in the Balkans.[21]

 

Disappointed with French reluctance, Serbs were obliged to turn again to Russia, while Karageorge’s other option that of a possible alliance with Austria, vanished, since Serbia, remained attached to Russian campaigns in the Balkans for mostly military reasons. Abandoned by Russia after the Treaty of Bucharest of 1812, the Serbs, while expressing readiness to accept a semi-independent status similar to those of Danubian Principalities (Wallachia and Moldavia), rejected the proposed, more limited, autonomy: “We do not recognize clauses of the [Ottoman] treaty with Russia [in Bucharest Treaty]. We demand our independent state and we do not accept any other solution.”[22]

 

The Serbian revolution, deprived of foreign support, was savagely crushed in autumn 1813, by the regular Ottoman troops. Nevertheless, its historical importance, despite attracting little interest in Europe and remaining overshadowed by Napoleon's wars, was multifold: for the Balkan nations, from Greeks to other South Slavs it was a Balkan-size French revolution adapted to local conditions: the principle of the sovereignty of nations was opposed to the principle of legitimism; a new society was created where, due to the lack of the aristocracy and a developed middle class, agrarian egalitarianism of free peasants was combined with the emerging aspirations of a modern nation. For its long-term effects on the political and social landscape of the whole region, the eminent German historian Leopold von Ranke described the 1804-1813 Serbian insurrection, in comparison to the French example, as the Serbian Revolution.[23]

 

Paper presented at the AAASS, Boston, December 2004

 

[1] Cf. G. Yakchitch, L' Europe et la resurrection de la Serbie (1804-1834), Paris: Hachette 1917, pp. 7-35; D. Djordjevic, Les revolutions nationals des peoples balkaniques 1804-1914, Belgrade, Institut d'histoire 1965, pp. 23-38, W. S. Vucinich (ed.), The First Serbian Uprising 1804-1813, Boulder-New York: Columbia University Press 1982.
[2] R. Perović, Prvi srpski ustanak; Akta i pisma na srpskom jeziku, vol. I, (1804-1808), Beograd: Narodna knjiga 1978, pp. 124, 125, 149.
[3] M. Djordjević, Oslobodilački rat srpskih ustanika 1804-1806, Beograd: Vojnoizdavački zavod 1967
[4] J. M. Milović, “Titule vladike Petrovića’, Istorijski zapisi, vol. LX (1), Titograd 1987, p. 57.
[5] D. T. Bataković, The Kosovo Chronicles, Belgrade: Plato 1992, pp.42-45.
[6] A. Aličić, « Ustanak u Drobnjacima 1805. godine », Godišnjak društva istoričara BiH, vol. XIX, Sarajevo 1973, pp. 51-54.
[7] R. Perović, Prvi srpski ustanak. Akta i pisma na srpskom jeziku, vol. I, 1804-1808, pp. 175-177.
[8] R. Tričković, "Pismo travničkog vezira iz 1806. godine", Politika, Beograd, 21. 02. 1965.
[9] A. Ivić, Spisi bečkih arhiva o Prvom srpskom ustanku, vol. III, BeogradČ Srpska kraljevska akademija 1937, p 349.
[10] J. Mitrović, Istorija Srba, Beograd: Privatno izdanje 1993
[11] D. Obradovic, “Letter to Haralampije.” The Life and Adventures of Dimitrije Obradovic. Ed. and transl. G. R. Noyes. Berkeley, Los Angeles: University of California Press, 1953, p. 135.
[12] S. Tekelija, Opisanije života, Beograd: Prosveta 1966, pp. 171-187, 379-396.
[13] S. Gavrilović, Vojvodina i Srbija u vreme prvog srpskog ustanka, Novi Sad: Institut za istoriju 1974 pp.20-24.
[14] F. Šišić, "Karadjordje, Južni Sloveni i Napoleonova Ilirija", in: Karadjordje, Beograd: Geca Kon 1923, pp. 55-56.
[15] Ibid.
[16] M. Ekmečić quotes a certain statistic that estimated the overall population in Bosnia and Herzegovina as high as 1, 3 million inhabitants. (M. Ekmečić, Stvaranje Jugoslavije 1790-1918, vol. I, Beograd: Prosveta 1989, p. 77. )
[17] J. Tošković, Odnosi izmedju Bosne i Srbije 1804-1806 i boj na Mišaru, Subotica 1927, p. 72.
[18] M. Šamić, Francuski putnici o Bosni na pragu XIX stoljeća i njihovi utisci o njoj, Sarajevo: Svjetlost 1966, p. 206.
[19] V. Čubrilović, Prvi srpski ustanak i bosanski Srbi, Beograd: Geca Kon 1939, pp. 115-125.
[20] C. A. Vacalopoulos, La Macédoine vue en début du XIX siècle par les consuls Européens de Thessalonique, Thessalonique: Institut des eétudes balkaniques 1980, p. 65.
[21] Cf. D. Roksandić, Vojna Hrvatska La Croatie militaire. Krajiško društvo u Francuskom carstvu (1809-1813), vol. I, Zagreb : Školska knjiga 1988, pp 151-153.
[22] S. Hadžihuseinović-Muvvekit, Tarih-i Bosna, quoted in : M. Ekmečić, Stvaranje Jugoslavije 1790-1918, vol. I, p. 157.
[23] Leopold von Ranke, A history of Servia and the Servian Revolution. Translated by Mrs. Alexander Kerr.New York, Da Capo Press, 1973.
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1 avril 2011 5 01 /04 /avril /2011 21:44

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En ces années 1846-1847, des scandales ont éclaboussé le régime de Louis-Philippe : affaires de corruption (Teste-Cubières), assassinat de la duchesse de Praslin, etc. Mais c’est surtout le refus de la réforme parlementaire et électorale (on demandait non pas le suffrage universel, mais un abaissement du cens) qui a dressé contre Guizot bourgeois et intellectuels. Enfin, l’augmentation du coût de la vie et la misère de la classe ouvrière ont accru l’impopularité du gouvernement. L’opposition va exploiter le mécontentement. La maladresse de Guizot et aussi de Louis-Philippe, devenu, avec l’âge, plus intransigeant, fera le reste.

Par la « campagne des banquets », inaugurée à travers la France en juillet 1847, la gauche et le centre gauche ont commencé à manifester en faveur de la réforme. Mais le gouvernement, inquiet, interdit le grand banquet de clôture prévu pour le 22 février 1848. Les organisateurs se soumettent, mais des manifestations se produisent dans les rues aux cris de « À bas Guizot ! » Quelques barricades s’élèvent et les émeutiers pillent les armuriers. Le lendemain, 23 février, le gouvernement décide de mobiliser la garde nationale, mais les bourgeois qui la composent se déclarent pour la réforme. Le 24 au matin, les Parisiens apprennent que Thiers va constituer son cabinet avec Barrot, mais déjà 1 500 barricades se dressent. En divers endroits, les soldats fraternisent avec les émeutiers, qui s’emparent de l’Hôtel de Ville et menacent les Tuileries. Le roi refuse de verser le sang : il abdique en faveur de son petit-fils, le comte de Paris, et va s’embarquer à Trouville pour l’Angleterre. Au début de l’après-midi, la duchesse d’Orléans, accompagnée de ses deux fils et du duc de Nemours, va à la Chambre pour faire reconnaître la régence, mais les révolutionnaires envahissent le Palais-Bourbon et elle doit fuir à son tour. Les Tuileries sont mises à sac. Lamartine et Ledru-Rollin proclament la République avant de se rendre à l’Hôtel de Ville, où se constitue un gouvernement provisoire. En trois journées, la monarchie constitutionnelle s’est effondrée.

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1 avril 2011 5 01 /04 /avril /2011 21:06

source : http://www.historia.fr

 

Le 27 juillet, l’émeute éclata dans la capitale. Le ministère n’avait pris aucune mesure de sécurité, si bien que les insurgés purent aisément construire, rue Saint-Honoré, la première barricade et trouver des fusils. Ils avaient mis aussi la main sur le télégraphe optique de la rue du Louvre, retardant ainsi l’ordre d’appel aux troupes concentrées hors de Paris. Les rues étroites et sinueuses permettaient de faire subir des pertes aux troupes essayant de les dégager. Le roi avait remis le commandement au maréchal Marmont, impopulaire et incapable.

Au cours de la nuit, l’effervescence grandit. Le 28, les insurgés réussirent à s’emparer de l’Arsenal, de la poudrerie de la Salpêtrière, ainsi que de l’Hôtel de Ville. Le lendemain, l’escalade des galeries du Louvre permettant aux insurgés de dominer les soldats entassés dans la cour du palais provoqua une panique et la fuite de Marmont vers Saint-Cloud. En trois journées, les Trois Glorieuses, le peuple parisien avait remporté la victoire.

À cette heure, certains députés songeaient à proclamer la République avec La Fayette comme président, mais Thiers et Laffitte préconisaient une monarchie libérale, confiée au duc d’Orléans. À Saint-Cloud, Charles X retira ses ordonnances et renvoya Polignac. Décision trop tardive. Thiers avait déjà fait afficher des placards en faveur du duc d’Orléans. Le 30 juillet, les Chambres offrirent la lieutenance générale du royaume à Louis-Philippe. Celui-ci l’accepta le lendemain et se fit acclamer par la foule en embrassant La Fayette au balcon de l’Hôtel de Ville. La crise était dénouée mais la révolution du peuple avait été « escamotée » par les Orléanistes. Charles X, réfugié à Rambouillet, abdiqua le 2 août en faveur de son petit-fils, le duc de Bordeaux, avant de s’embarquer le 16 à Cherbourg. Déjà Louis-Philippe avait pris le titre de roi des Français (9 août).

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1 avril 2011 5 01 /04 /avril /2011 20:37

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Les causes de l’insurrection parisienne de 1871 sont multiples : les souffrances du siège, l’humiliation de la capitulation et l’entrée des Allemands à Paris, la crainte du rétablissement de la monarchie souhaité par une Assemblée nationale conservatrice installée à Versailles, la suppression de la solde des gardes nationaux, la suspension du moratoire des loyers et des effets de commerce... La crise éclate le 18 mars, quand le chef du pouvoir exécutif, Thiers, décide de s’emparer des canons entreposés à Belleville et à Montmartre. La foule fraternise avec les soldats et deux généraux, Lecomte et Thomas, sont fusillés. Aussitôt, Thiers, inspiré par les souvenirs de 1830 et de 1848, abandonne la capitale à l’émeute et replie les services administratifs sur Versailles.

Le 21 mai, l’armée de Versailles (130 000 hommes, sous les ordres de Mac-Mahon) pénètre dans Paris par la porte du Point-du-Jour. Du 21 au 28 mai (la « semaine sanglante »), les combats font rage dans le centre et l’est de la capitale, avant de s’achever à Belleville et au Père-Lachaise. De part et d’autre, la lutte est sans merci. Aux exécutions sommaires des « communards » pris les armes à la main, la Commune réplique par le « décret des otages ». Sont fusillés ainsi des magistrats, des prêtres, dont Mgr Darboy, archevêque de Paris. Pris d’une rage désespérée, les « fédérés » brûlent l’Hôtel de Ville, les Tuileries, la Cour des comptes. La répression est impitoyable et « l’expiation complète », suivant le mot de Thiers. On compte plus de 17 000 morts au cours de la semaine sanglante, près de 40 000 arrestations, 13 000 condamnations, dont 270 à mort, 410 aux travaux forcés, 3 400 à l’emprisonnement et 7 500 à la déportation. Les amnisties de 1879 et 1880 permettront le retour en France des survivants. Le mouvement révolutionnaire sera écrasé pour longtemps. Marx verra dans la Commune la première tentative d’émancipation populaire.

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1 avril 2011 5 01 /04 /avril /2011 20:12

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Celui qui allait être le héros de trois révolutions, celles d’Amérique, de 1789 et de 1830, apparaît comme un représentant de la jeune noblesse libérale de la fin du xviiie siècle. À peine marié à Mlle de Noailles, Gilbert Motier, marquis de La Fayette (né le 6 septembre 1757 au château de Chavaniac, en Auvergne), s’enthousiasme pour la cause des colons américains et pendant deux ans (1777-1778) combat à ses frais comme volontaire dans les rangs des insurgents. Revenu en France en 1779, il mène une vibrante campagne en faveur de l’intervention. La guerre déclarée à l’Angleterre, il retourne en Amérique, participe à la défense de la Virginie et à la victoire de Yorktown.

Désormais converti aux idées démocratiques, il est partisan avoué d’une révolution limitée, d’une monarchie contrôlée par les représentants de l’aristocratie et de la haute bourgeoisie. Député de la noblesse aux états généraux, il pousse à l’union des ordres. Au lendemain du 14 juillet, il devient commandant de la garde nationale et fait adopter la cocarde tricolore. Lors des journées d’Octobre, il assure le retour de la famille royale à Paris. La fête de la Fédération marque l’apogée de sa popularité et de sa carrière révolutionnaire. Jouant les maires du palais, La Fayette souhaite alors arrêter la marche en avant de la Révolution. Mais, crédule et optimiste, il manque de profondeur et de décision. Marie-Antoinette le déteste et les démocrates se méfient de lui. Au lendemain de l’affaire de Varennes, il réussit à faire admettre la fiction de l’enlèvement du roi et fait tirer sur les manifestants républicains au Champ-de-Mars. Ce geste le rejette pratiquement dans la contre-révolution. À la déclaration de guerre il commande l’armée du Centre. Après le 20 juin 1792, il tente un dernier effort en faveur de la monarchie et menace de marcher sur Paris. Mais décrété d’accusation, il s’enfuit, est arrêté par les Autrichiens, gardé prisonnier à Olmutz jusqu’au traité de Campo Formio en 1797.

Revenu en France en 1800, La Fayette ne jouera aucun rôle sous le Consulat et l’Empire. Élu député pendant les Cent-Jours, il contribuera à la seconde abdication de Napoléon. Il devient, sous la Restauration, le chef de file du courant libéral et le symbole des journées de 1789. Fort de cette popularité retrouvée, il joue un rôle décisif en juillet 1830. Avec Laffitte et Thiers, il rejette la solution républicaine et fait introniser Louis-Philippe comme roi des Français. Mais celui-ci écarte le « Mylord protecteur » et, jusqu’à sa mort, survenue à Paris le 20 mai 1834, La Fayette se cantonnera dans une opposition amère.

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1 avril 2011 5 01 /04 /avril /2011 20:09

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« L’Enfermé », « le Martyr », ainsi ses amis appelaient-ils cette incarnation du « révolutionnaire professionnel », qui passa plus de trente années de sa vie en prison. Partisan romantique du coup de force, Louis Auguste Blanqui est né le 8 février 1805, à Puget-Théniers (Alpes-Maritimes). Fils de conventionnel, il étudie le droit et la médecine, mais son tempérament le porte à l’action révolutionnaire. Affilié depuis 1824 au carbonarisme, on le rencontre pour la première fois, en novembre 1827, au combat de la rue Saint-Denis. Il est sur les barricades en juillet 1830, mais, vite déçu par Louis-Philippe, il complote avec ardeur. Condamné à un an de prison en 1832, il est ensuite mêlé aux journées des 13 et 14 avril 1834 (massacre de la rue Transnonain). Il écrit dans des journaux d’opposition, fréquente Raspail, Lamennais, Buonarroti ; ce dernier, ancien compagnon de Babeuf, lui lègue une teinte de communisme babouviste. Arrêté de nouveau en mars 1836, lors de l’« affaire des Poudres », puis libéré, il fonde avec Barbès la société secrète dite « des Saisons » qui organise, le 12 mai 1839, autour de l’Hôtel de Ville, une émeute vite réprimée. Condamné à la détention perpétuelle, il séjourne au Mont-Saint-Michel dans des conditions très dures qui altèrent sa santé, ce qui lui vaut d’être gracié en 1844.

La révolution de 1848 le retrouve plein d’ardeur mais réclamant l’armement des salariés et la constitution d’un État populaire qui répartirait les biens et gérerait la production. Il fait peur. Aussi ses ennemis divulguent-ils le « document Taschereau », probablement un faux, qui l’accuse de délation dans l’affaire de mai 1839. Ulcéré, stimulé dans sa haine, il organise, le 15 mai 1848, une manifestation contre l’Assemblée. Elle échoue. Il est condamné à dix ans de détention. Libéré en 1859, il s’agite à nouveau et exerce une forte influence sur les milieux révolutionnaires. Arrêté en 1861, il s’évade au bout de quatre ans, vit à Genève, à Bruxelles. L’amnistie de 1869 le ramène en France où, après avoir essayé, le 14 août 1870, de faire proclamer la république, il applaudit au 4 septembre. Vite insatisfait de l’action du gouvernement provisoire, Blanqui rassemble une petite armée révolutionnaire avec laquelle il tente, en vain, un coup de force à l’Hôtel de Ville (31 octobre). Il s’enfuit, mais Thiers le fait arrêter le 17 mars 1871. Condamné à la détention perpétuelle, Blanqui est gracié en 1879 et meurt à Paris le 1er janvier 1881. On publiera en 1885, la Critique sociale, l’ouvrage le plus important de ce « lutteur illuminé » en qui Marx voyait « la tête et le coeur du parti prolétaire en France ».

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27 mars 2011 7 27 /03 /mars /2011 12:45

source : http://www.herodote.net

 

Du 20 au 26 août 1789, à Versailles, l'Assembléee nationale constituante, qui s'est substituée aux états généraux, discute et vote le texte de la Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen.

Cette déclaration solennelle n'est pas la première en son genre mais c'est la première qui s'inscrit dans une optique universelle et non pas seulement nationale. Elle est aussi écrite dans une langue belle et concise. Tous ces éléments font qu'elle demeure à ce jour un document inégalé propre à rallier les hommes de toutes les nations.

André Larané.

 

 

 

L'accomplissement des Lumières

Tandis que débute la Révolution française, sous le regard bienveillant du reste de l'Europe, les députés veulent offrir au monde un texte qui condense leurs aspirations et donne un sens à leur combat contre l'absolutisme royal et l'arbitraire de l'administration. Ils y réussissent d'une remarquable manière en s'inspirant des textes anglo-saxons.

Un siècle plus tôt, au cours de la «Glorieuse Révolution» célébrée par Voltaire, les Anglais ont en effet jeté les bases de la démocratie parlementaire moderne en imposant à leurs souverains le Bill of Rights et l'Habeas Corpus. Et le 4 juillet 1776, les habitants des colonies anglaises d'Amérique ont proclamé leur indépendance dans une très belle Déclaration qui a énoncé pour la première fois le «droit à la poursuite du bonheur».

La Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen réalise la synthèse de ces textes et des idéaux politiques du «Siècle des Lumières». Elle s'applique à l'ensemble des êtres humains, hommes et femmes réunis, conformément au genre neutre du mot Homme dans la langue française (certains articles concernent le mode de gouvernement et donc les citoyens, d'où la distinction dans le titre entre l'Homme et le Citoyen).

Le texte ne fait référence à aucune religion ni aucun régime politique particulier. Il ne cite ni le christianisme ni le roi. Rédigé sous le règne de Louis XVI, trois ans avant sa chute, par des députés tous royalistes, il peut être considéré comme le testament de la monarchie... ou comme son acte de décès. Le roi, qui s'oppose de toutes les façons possibles à l'Assemblée nationale, se résout à ratifier la Déclaration le 5 octobre, sous la pression de la foule accourue de Paris à Versailles et sur les instances de La Fayette.

 

Une déclaration d'application universelle

Au sein de l'Assemblée Constituante, un comité de cinq membres a été chargé de préparer le texte de la Déclaration. Ses plus remarquables animateurs sont Mounier, l'abbé Sieyès et Mirabeau. D'emblée, ils affichent un double objectif :

– trouver «une forme populaire qui rappelle au peuple non ce qu'on a étudié dans les livres ou dans les méditations abstraites, mais ce qu'il a lui-même éprouvé» (Mirabeau),

s'adresser à l'ensemble du monde et pas seulement aux Français en vue de faire «renaître une fraternité universelle» (Mirabeau).

Ces deux objectifs sont pleinement atteints. Par sa clarté et sa précision, la Déclaration est un admirable chef-d'oeuvre de la langue française classique et un texte de droit exemplaire.

Le caractère universel et intemporel de la Déclaration est tout aussi remarquable que sa prestance littéraire. Le texte réussit le tour de force d'énoncer les droits de l'individu en faisant fi du régime politique (monarchie constitutionnelle ou république), de la religion (il se contente d'invoquer l'Être suprême et garantit la liberté religieuse de chacun) ainsi que des différences sexuelles. Il convient aussi à toutes les époques et à toutes les sociétés.

L'Article premier énonce : «Les hommes naissent et demeurent libres et égaux en droits. Les distinctions sociales ne peuvent être fondées que sur l'utilité commune». En deux phrases tranchantes, qui s'adressent à l'ensemble des êtres humains, sans distinction de nationalité, de sexe, de religion ou de race, il récuse les privilèges et porte en germe la condamnation de l'esclavage comme de toute ségrégation, sexuelle, religieuse ou raciale.

Différents autres articles condamnent l'arbitraire, le totalitarisme et la tyrannie.

 

On pourrait cependant reprocher aux rédacteurs de n'avoir pas fait une place au devoir d'assistance de l'état envers les plus faibles et les plus démunis.

Leur plume a aussi dérapé en qualifiant de sacrée la propriété, comme si celle-ci relevait des choses divines et transcendantes à l'humanité. Les députés, aveuglés sur ce point par leurs préjugés, se sont référés à une notion absolue de la propriété : toute chose a un propriétaire et ce qui est à moi n'est à personne d'autre. Cette conception moderne, pour nous évidente, n'est en rien universelle... Par exemple, au Moyen Âge, au contraire d'aujourd'hui, les droits de propriété s'entremêlaient en vertu de la coutume : au seigneur la propriété formelle de la terre et au paysan ainsi qu'à ses héritiers le droit d'exploiter celle-ci.

À ces réserves près, les Européens du XXIe siècle aussi bien que les Polynésiens, les Africains ou les Indiens d'Amazonie pourraient s'appliquer à eux-mêmes la Déclaration sans en retrancher ni y ajouter un mot.

 

 

Un texte inégalé à ce jour

Le caractère généralisateur et universel de la Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen fait sa supériorité sur les textes postérieurs, comme la Table des Droits de l'Homme décrétée en 1793 par la Convention (voir ci-dessus) mais aussi la Déclaration Universelle des Droits de l'Homme proclamée par l'assemblée générale des Nations Unies en 1948.

Rédigée avec un souci excessif du détail, cette dernière reprend pour partie le texte des Constituants français. Mais elle s'en écarte dès l'Article premier en mélangeant droits et devoirs de l'individu et en recourant é des formules vides et convenues («agir les uns envers les autres dans un esprit de fraternité»).

La Déclaration universelle de 1948 exprime surtout la pensée occidentale du XXe siècle dans ses deux volets, communiste et libéral. Ainsi, le droit au travail, le droit é l'éducation, la protection sociale, la protection contre le chômage ou encore le droit au logement peuvent signifier quelque chose pour les citoyens de Moscou ou de San Francisco. Mais ces droits ne veulent rien dire pour les habitants des îles Marquises, les Pygmées du Congo ou les Indiens d'Amazonie qui ignorent notre distinction entre les activités de loisir, de formation et de production et ont coutume de construire eux-mêmes leur logis !

N'en déplaise à feu René Cassin, qui supervisa la rédaction de la Déclaration universelle de 1948, il n'y aura jamais qu'une seule et authentique Déclaration des Droits de l'Homme, celle de 1789 ! Ce «catéchisme national» en dix-sept articles a été inscrit au préambule de la Constitution de la Ve République comme des précédentes.

Mais les Français sont encore loin d'en avoir appliqué les préceptes. Les différences de statut entre salariés à emploi garanti à vie et salariés à contrat précaire ainsi que les avantages corporatistes (les «droits acquis») contreviennent à l'Article premier, de même que la pratique du secret dans l'administration contrevient à l'Article XV et le traitement parfois humiliant infligé par la justice aux simples suspects (menottage) à l'Article IX.  

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24 janvier 2011 1 24 /01 /janvier /2011 21:35

Deborah Smith Johnston, Ph.D

Biographical Note: Deborah Johnston teaches world history at Lexington High School in Lexington, Massachusetts.

 

World History Connected Home

 


 

Traditionally, the French revolution has been a major focus of Western Civilizations classes. Indeed, it is difficult to deny the importance of the French Revolution as a critical turning point in European social and political history. In world history courses, however, the very breadth of the course does not usually allow for extensive coverage of the revolution. For example, the AP world history course devotes only scant attention to the French revolution, and even then it is in the context of other, similar movements. Those who come to teaching world history from teaching Western Civilizations can rest assured, however, that world history courses need not sacrifice the global importance of the French revolution even when it cannot be examined in detail. In other words, students need not know the ins and outs of the Girondin/Jacobin conflict to understand something of the importance of the French revolution in its global context. Here, I will explore three possible ways of approaching this pivotal European event in the world history classroom.  
     First, we might approach the French revolution from the vantage point of ideological or intellectual influence. For instance, students can explore how French revolutionary ideals--especially ideals of nationhood and universal rights-- influenced the development of other national movements. One resource for making these connections is a series of UNESCO Courier articles from 1989, which highlight connections between French revolutionary ideals and national movements in Japan, China, Egypt and Haiti. In the French Caribbean colony of St. Domingue (modern Haiti), for example, ideals of freedom and self-determination arrived from France during the revolution, where the colony's African population put them to use as ideological justification for emancipation. Influence also worked both ways across the Atlantic, and students can explore the impact of American revolutionary ideals in France through the influence of key American figures like Benjamin Franklin, who served as U.S. ambassador to France after American independence. Finally, students can explore how ideological connections could take more complex routes. For example, John Thornton's "I am the Subject of the King of Kongo" demonstrates the ways that popular leadership among the Kongolese slaves helped contribute to the Haitian revolution.  
     Secondly, we might approach the French revolution through a comparative lens. Beginning with the BeatleØs song, Revolution, students might explore what the concept of revolution means, which groups of people tend to initiate revolution, and which institutions support or reject change. Students can research some of the many definitions of revolution, and discuss how the French revolution and other revolutions fit these definitions. Here, we might ask students to consider the motivating factors of revolution across time and space, such as what role land reform plays in early versus late revolutions. We might also ask students to consider the short- and long- term effects of various revolutions in various time periods. For example, students might explore the French and Haitian revolutions as case studies for the 18th/ 19th century, and then compare those revolutions to 20th century revolutions in Russia and Iran. One of the things my students regularly discover when using this comparative approach is that generic definitions and patterns of revolution do not tend to hold up under the weight of real examples. One way to reinforce this is to use what the concept of a 'recipe for revolution.' Here's how it works: ask students to create a recipe for Revolution in the 18th/ 19th century where they determine the necessary ingredients. For example, they might consider how much peasant unrest is needed in proportion to intellectual ferment. In addition to ingredients, students should also include the most appropriate method of cooking, ie. whether a revolution is best prepared as a stir fry, in a crock pot, or in some other fashion. Students then should describe how best the revolution should be served. Flambe, perhaps? Finally, students use their recipe to demonstrate how it helps explain the Haitian, American and French experiences. In my own class, I make a habit of saving the recipes for later, after students have prepared a graphic organizer comparing 20th century revolutions. As an open note quiz, each student receives another studentØs earlier recipe for the purpose of analyzing whether or not that recipe works for one or more of the 20th century revolutions. If not, students are free to modify or adapt the recipe as they see fit. As you might imagine, this exercise provides entertainment while encouraging students to think more broadly about the nature of global revolutions.  
     Thirdly, we might explore the French revolution from a thematic perspective. For example, I have developed a unit on Coffeehouses exploring how such establishments in the Near East as well as in Europe and the Americas have frequently been places where revolutions are "brewed." The unit addresses the history of coffee and the global controversies that have surrounded its consumption. It is about much more than coffee, however, for through this students gain an understanding of how coffee consumption fit into both the Enlightenment (Voltaire drank 100 cups of coffee a day!) as well as the American and French revolutions. For example, American Patriots left the Green Dragon--a Bostonian coffeehouse--to dump tea in the Boston harbor, and the storming of the Bastille followed politically charged discussions that had occurred in the Café De Foy in Paris.  

     The breadth of world history courses requires our very best creative efforts in curriculum design. Whereas we might spend three weeks on the French revolution in a Western Civilizations class, in a world history course we might have only one week to address the same revolution through its global connections, comparisons and themes. In the end, students may not remember the details of the Tennis Court Oath, but they will be able to discuss the global intellectual, political and social significance of the French revolution alongside other revolutions through time and across the globe.

 

  

The History Cooperative

 

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24 janvier 2011 1 24 /01 /janvier /2011 21:03

1789-une-idee-qui-a-change-le-monde--unesdoc-juin-1989-.jpgLe Courrier de l'UNESCO - juin 1989

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cliquez sur la couverture pour une redirection vers le PDF

 

   

L'année du bicentenaire, le courrier de l'Unesco propose un tour d'horizon en 60 pages. Je reproduis l'éditorial

 ***   

Rares sont les idées qui, répondant à une attente populaire jusque-là inexprimée, mettent en branle une volonté de changement, introduisent une rupture entre le passé et l'avenir, marquent une accélération dans le temps de l'histoire.
Plus rares encore, parmi ces idées, sont celles qui ont pu passer les frontières du moment et du lieu qui les ont vu naître, pour germer dans les esprits, ailleurs, longtemps après...
Que dire, alors, de la grande idée de 1789, celle de l'Homme-citoyen ? Enracinée dans une culture  - celle de l'Europe  - et dans un siècle  - celui des Lumières - la voici devenue, désormais, une évidence universelle. Après, il est vrai, un parcours sinueux, qui l'aura vue tour à tour débattue et rejetée, ignorée et retrouvée, tolérée par les uns et revendiquée par les autres, pour, en 1948 enfin, inspirer une Déclaration qui sera adoptée par l'ensemble de la communauté internationale.
Portée aux quatre coins du monde par les contemporains, français et étrangers, de la Révolution de 1789 - Bonaparte, Jefferson, Goethe, Miranda  - cette idée fera d'abord naître un grand espoir de fraternité universelle. Mais cet espoir sera peu à peu contrecarré par les théories qui affirment la primauté de l'âme collective sur la liberté individuelle. Il sera ensuite trahi, pour longtemps, par l'entreprise coloniale, qui substitue l'idée de la mission civilisatrice de l'Occident au rêve de l'égalité entre les hommes de partout.
Ici ou là, le mouvement des émancipations nationales modernes remettra à l'honneur le principe des droits de l'Homme et du Citoyen, mais la génération des indépendances lui préférera souvent le concept de l'Etat révolutionnaire. Les dernières décennies du 20e siècle verront enfin, dans la Déclaration de 1789, un gage essentiel de liberté pour chaque peuple, et le fondement même de la compréhension et de la coopération entre tous les peuples.
Ce numéro voudrait signaler quelques jalons de la trajectoire par où cette idée, née dans la folle imagination de quelques hommes survoltés, est devenue patrimoine commun de l'humanité.

 

Publication disponible en anglais et en espagnol sur unesdcoc

http://unesdoc.unesco.org/ulis/cgi-bin/ExtractPDF.pl?catno=83091&look=default&ll=2&display=1&lang=fo&from=&to=

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